viernes, 2 de marzo de 2007

CON LA PENA DE MUERTE NO HABRÍA PASADO

La cuestión sobre la liberación, tras cumplir las penas de cárcel asignadas, de los condenados por actos de terrorismo, motivado ideológicamente, con resultado de muerte, ha saltado a la palestra recientemente con los casos de: De Juana Chaos (España, 25 asesinatos), Philippe Bidart (Francia, 3) y Brigitte Monhaupt (Alemania, 7) Como es natural la santurronería más falaz (“los principios de nuestra Constitución se aplican a los terroristas también”, declara la Ministro de Justicia alemana) se mezcla con el ignorar las cuestiones más obvias (cuestiones vinculadas a la disuasión y a la justicia intrínseca de las penas) provocando un hondo desconcierto en la ciudadanía europea. Ciertamente, si asumimos el dogma de que la pena de muerte es una blasfemia de la que no se puede ni hablar, los asesinos, antes o después, con o sin “arrepentimiento”, acabaran en su mayoría saliendo a la calle, provocando en la mayoría de los casos: consternación en la ciudadanía, deslegitimación de la Justicia, impotencia e indignidad permanente en lo cotidiano (muy similar a la que se vivía con otros mecanismos en la Europa del Este) y la alegría más abyecta en los seguidores sectarios de sus muy despreciables ideologías. En todos estos casos nos encontramos con causas izquierdistas radicales, exculpadas en los ambientes antiglobalizadores y socialdemócratas como correlato, no sólo de un antiamericanismo salaz, sino de una radical reconfiguración de “los enemigos internos” que, desde el prosaísmo de la hoja parroquial de PRISA, no pueden ser otros que los “terroristas islámicos”.

Es el mismo mundo donde el consumo de alcohol y tabaco, o la obesidad, serán de una u otra manera delictivos y punibles. El de las omnipresentes cámaras de vigilancia, el mismo mundo donde tener una opinión disidente sobre cuestiones ocurridas hace setenta años en un conflicto local puede llevar, como ya lo han hecho, a la cárcel a diversas personas por escribir o decir lo que no ha sido consagrado como la “versión correcta” de los acontecimientos. Tristes signos de un totalitarismo nada suave que se impone silenciosamente en un contexto orwelliano, con una clase política y mediática (intermediarios de poderes financieros intocables e invisibles) cuya mediocridad y vesania moral e intelectual es cada vez más evidente. Vuelvo a la lectura, siempre provechosa, del clásico: Masters of Deceit de J. Edgar Hoover, masón honesto de Alto Grado y director del FBI, y pienso como Platón: “no hay nada nuevo bajo el sol y toda novedad no es otra cosa que un trazo de la palabra: “olvido.”

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